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Palabras de la Editora

Publicado: 19 Diciembre 2018 | Visto 741 veces

No vivas en el mismo año setenta y cinco veces, una y otra vez, y lo llames vida.” -Robin Sharma

Vivir añorando lo que se ha perdido no nos permitir disfrutar de lo que aún nos queda por vivir. Por eso, no todo tiempo pasado fue mejor sino que, como diría la gran Mafalda, lo mejor está por llegar.

Queremos ser felices a toda costa, lo que nos hace muchas veces caer en el error de olvidar que la felicidad exige un poco de llanto o, en otras palabras, que para que haya un arco iris tiene que haber llovido primero.

Ambas cosas forman parte de la naturaleza, la felicidad y el llanto se complementan y son igual de reales y obligatorios. Queremos que en la vida nos ‘salga todo bien’, pero no asumimos que eso indica momentos de todo tipo: buenos y malos, caerse de la montaña una y otra vez hasta llegar arriba.

Decía también Mafalda, con gran parte de razón, que la vida empieza a los cuarenta. Es en esta etapa en la que hemos vivido lo suficiente como para empezar a admitir que el pasado es aprendizaje y, a veces, nostalgia.

Es aquí cuando entendemos que el futuro es ilusorio porque depende del presente y que este presente es el único que moldea eso que está por llegar: tenemos la oportunidad de mejorar continuamente y de no retroceder.

A los cuarenta, comenzamos a darnos cuenta de que la felicidad no depende de alguien que no sea nosotros mismos y entonces comenzamos también a exigirle a la vida lo que de verdad merecemos: nos queremos un poco más, somos más humildes y a soñamos con mayor coherencia.

Es decir, entendemos nuestros límites y hemos experimentado las suficientes caídas como para saber que siempre hay algo mejor.

Lo mejor está por llegar desde el momento en el que aceptamos todo esto: un pasado que sirva de herramienta para sustentarse en el presente y un futuro que mantenga nuestra curiosidad pero nos permita estar sujetos al suelo más inmediato.

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