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Contra manifestantes han bloqueado una marcha anti racista que se dirigía a la Casa Blanca

Publicado: 13 Agosto 2018

Justo un año después de aquel grave estallido de violencia racial, y aunque debilitados por enfrentamientos internos, los ultras han tratado de llevar su mensaje de odio hasta Washington DC y, en concreto, a las puertas de la Casa Blanca.

Les han dado respuesta numerosas contramanifestaciones, abrumadoramente más numerosas. Pero de nuevo siguen esperando quienes piden al presidente, Donald Trump, una condena contundente de los grupúsculos racistas que se han envalentonado desde que él entró en política.

Las autoridades de la capital han preparado un fuerte dispositivo de seguridad para intentar evitar altercados entre los ultras, que tenían permiso para una manifestación de 400 personas en Lafayette Square aunque no han logrado reunir a más de varias decenas, y los miles de contramanifestantes de distintos grupos de activismo progresista, de Black Lives Matter a ANSWER, que obtuvieron también permisos para distintas localizaciones.

la jornada ha arrancado con un gran despliegue de agentes, calles cerradas y medidas extraordinarias, como la prohibición de llevar armas de fuego incluso si se tiene licencia.

Desde primera hora han sido más visibles los contramanifestantes, una tónica que se ha ido confirmando conforme avanzaba la jornada. Y aunque los ultras han logrado enorme atención mediática, su poder de convocatoria está en cuestión.

Les sacuden divisiones internas, batallas legales y la creciente presión de los activistas contra el racismo, de izquierda y antifascistas.

Tras la marcha de DC, bautizada como “Unir la derecha 2” está Jason Kessler, que ya participó el año pasado en la organización de la de Charlottesville, una ciudad que le negó el permiso para volver este año, y uno de los oradores previstos para su acto era David Duke, exlíder del KKK.

Otras voces de ultraderecha, no obstante, habían desaconsejado a sus seguidores participar en la manifestación la capital, que líderes neonazis como Andrew Anglin consideran un error estratégico.

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